El próximo día 15 de febrero  verá la luz mi nueva novela, El Aroma del Tiempo (Suma de Letras,  Penguin Random House)

Es una novela que recrea el sugestivo mundo de los perfumes y que ahonda en el nacimiento de uno de los más emblemáticos del siglo XX: Chanel nº 5.

He pensado que sería una buena idea que, antes de dar la bienvenida a la nueva novela, os fuera contando, a vosotros, futuros lectores, y desde este blog, algunos de los secretos y anécdotas de su gestación. Más que nada, para ir haciendo boca. También me gustaría poderos transmitir algo de lo que he aprendido  en este apasionante viaje por el aroma del tiempo.

¡Empecemos!

Una visita a Grasse (I)

Cuando decidí escribir una novela sobre perfumes, en ese momento decisivo de la creación literaria en el que no existen ni personajes, ni títulos , sino sólo una nebulosa idea, tuve clara una cosa: si quería hablar de perfumes tenía que ir a Grasse.

Hice bien, porqué ahora sé seguro que esta nueva novela no hubiera sido posible sin ese viaje a Grasse.

Grasse se encuentra en plena Provenza francesa, a 12 Kms. de Cannes y a media hora de los Alpes del sur. Es una ciudad singular, no solo por el merecido título que ostenta de «ciudad del perfume», sino porque fue cuna del pintor Fragonard y vio morir a Edith Piaf.

Grasse se asienta sobre perfumadas colinas. Sus plazas y plazuelas están llenas de encanto. En La Place Aux Aires, en dónde vive uno de los personajes del libro, se celebra aún el mercado de flores, pero más antiguamente, en sus porches, se teñían las pieles con las que se confeccionaban piezas de gran calidad, sobretodo guantes. Lo malo de los guantes de piel de Grasse , que s’exportaban a la nobleza de Pisa y Génova, era que olían mal. Eso se terminó cuando a un tal Gallimard se le ocurrió perfumarlos y , además, regalar un par a Catalina de Medici. ¡Un  genio, el tal Gallimard!

Catalina, hija de Lorenzo II de Medici, había viajado a Francia para convertirse en la esposa del futuro rey Enrique II. Era una gran amante de los perfumes y hasta Francia la siguió su perfumista privado, René Le Florentin, que también entendía mucho de venenos. Evidentemente, los guantes perfumados de Gallimard entusiasmaron a la joven Catalina que los popularizó por toda la corte.

Dejemos la historia y volvamos a La Place Aux Aires puesto que fue allí dónde descubrí un pequeño local que me enamoró. Tanto me enamoró que le concedí un cierto protagonismo en la novela que aun había de empezar a escribir.

Es este: la pequeña confitería de Anne Huard.